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Los cinco tropiezos de Steve Jobs

Javier Muñiz | 16 AGOSTO DE 2013 |  

En el mundo de los negocios es habitual encontrarse con emprendedores terriblemente exitosos, que han logrado llevar sus empresas hasta lo más alto, aparentemente sin esfuerzo alguno. ¿El problema? Sucumbir ante la falsa ilusión de que el camino hacia el éxito es sencillo para aquellos dotados de talento. Se trata de uno de los espejismos más comunes en el ámbito de las startups; y es que, seamos sinceros, el talento y las buenas ideas, aunque imprescindibles, no son suficientes para que un proyecto empresarial sea exitoso, ya que el camino de la innovación, como el del aprendizaje, está plagado de pasos en falso y de errores de los que aprender.


Uno de los más grandes gurús tecnológicos de nuestros tiempos, el ya desaparecido Steve Jobs, no fue ajeno al fracaso, de hecho, su carrera profesional tuvo algunos traspiés realmente importantes, que podríamos hasta calificar de desastrosos. Uno de ellos fue contratar como CEO de Apple a John Sculley, quién luego despediría al propio Jobs de la empresa que él mismo ayudó a crear. Igual que este tenemos otros ejemplos de malas decisiones como: el lanzamiento de productos Apple que fueron auténticos fracasos, no saber reconocer los posibles usuarios de NeXT, o no valorar Pixar como lo que en realidad sería; un gran estudio de animación, pionero en su campo, y no una empresa de hardware, que era la moda en el Silicon Valley de los años 90.

Resumiendo: la idea que debemos tener siempre en mente es que los errores son inevitables en todo proceso creativo; toda invención requiere un aprendizaje y una experimentación, es por ello que uno tiene que aprender a convivir con el fracaso, porque no existe ningún camino sencillo o atajo hacia el éxito.


Una de las maravillosas citas atribuidas a Thomas Alva Edison, mientras intentaba, sin acierto, crear un filamento de bombilla que se pusiera incandescente, sin fundirse, fue la de: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla”. Creo que este ejemplo ilustra perfectamente eso de que en los negocios no existe ningún “Rey Midas” ni fórmulas mágicas incapaces de fallar, todo lo que podemos hacer es intentarlo una y otra vez, estar atentos a nuestro entorno y adaptarnos rápidamente para alcanzar nuestras metas.

 

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